Ministro Alvarado destaca a las regiones en su conmemoración
Cada 31 de marzo desde 2009 se conmemora el Día de las regiones. Esta fecha se instauró con el objeto de reconocer la importancia que tiene cada espacio geográfico de nuestro país y promover la descentralización. En otras palabras, es una invitación a mirar a Chile con los ojos de quienes lo habitan desde fuera de la capital. Algo que debería ser de sentido común, pero que por herencia de nuestra tradición centralista tiende a olvidarse.
Gabriela Mistral sintetizó nuestra diversidad local con gran lucidez en una presentación de 1939 en el Palacio de la Unión Latinoamericana en Washington. Describió a Chile como ‘una jarra, sostenida por dos asas serviciales y absurdas a la vez: la Pampa Salitrera y los archipiélagos australes: el asa que arde y el asa que hiela’. Si bien Chile se ha transformado radicalmente desde entonces, la imagen de la Mistral nos transmite una verdad inexorable. Somos un país de regiones muy distintas entre sí; cada una con una vocación y sello propio, aunque unidas por una misma identidad nacional. Esa diversidad, que constituye nuestra riqueza, se traduce también en desafíos urgentes que no admiten respuestas uniformes desde la mirada exclusivamente capitalina.
Los chilenos que viven en regiones lo saben. Por señalar algunos ejemplos: en Tarapacá persiste la pobreza extrema más alta del país. En Antofagasta, de donde se extrae parte fundamental de nuestra riqueza mineral, la esperanza de vida es la menor a nivel nacional. Atacama y Coquimbo enfrentan una crisis hídrica que compromete la vida cotidiana de miles de familias. En O’Higgins, el Maule y Ñuble, la escasez de agua agrava la pobreza rural. La Araucanía sigue consumida por la violencia y el abandono, con brechas intolerables en salud. Biobío carga con las consecuencias de los incendios forestales al igual que Valparaíso. Los Ríos y Los Lagos mantienen problemas graves de conectividad. Aysén enfrenta la despoblación y Magallanes debe lidiar con condiciones extremas que generan alzas permanentes en los costos de vida.
Estos problemas, varios de ellos compartidos entre regiones, no se mencionan solo con el afán de proporcionar un catálogo. El trasfondo es que detrás de estos dolores hay millones de personas que merecen un Estado más eficiente que los reconozca en su realidad particular, y que, cuando tome decisiones difíciles, lo haga con conciencia de que no impacta por igual a todo el territorio. Gobernar para Chile exige, precisamente, no perder de vista esas diferencias.
¿Cómo lograrlo? La mirada territorial de quienes tenemos responsabilidades de gobierno es fundamental; representa un primer paso que permite construir mejores políticas públicas, que materialicen una auténtica descentralización.
En ese sentido, pese a que se ha avanzado en estas materias, todavía existen desafíos pendientes. Y muchos de ellos no requieren necesariamente grandes reformas administrativas; solo voluntad, criterio y buena gestión. Es a lo que debemos apuntar no solo como Gobierno, sino como sociedad. Pensar, por ejemplo, en cómo generamos empleo genuino en regiones, lo que supone agilizar nuestra economía y ser más rigurosos con el manejo del gasto público. Tomarse en serio el desafío de retener y atraer talento. Que un joven profesional de Temuco, de Copiapó o de Puerto Montt vea en su propia región oportunidades reales de desarrollo y no tenga que emigrar a Santiago. Si generamos mayor desarrollo regional esto puede ser posible. Y, por último, pensar en cómo fortalecemos el control y la fiscalización de los recursos públicos regionales. Si bien la elección de autoridades regionales fue un acierto, aprendimos a su vez que debe ir acompañada de una exigencia mayor en transparencia y responsabilidad con los recursos de todos los chilenos.
Cada decisión bien tomada que se haga en favor de las regiones implica un paso en la dirección correcta que reconoce y valora nuestra diversidad local. Si avanzamos con seriedad en estos desafíos, estaremos en mejores condiciones para dar pasos más profundos en otras materias como lo es el de traspaso de nuevas competencias. Que este 31 de marzo no sea solo una fecha en el calendario, sino un recordatorio de que Chile se debe a sus regiones.






