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12 de junio de 2015

Discurso del ministro Jorge Burgos en Icare 2015

Secretario de Estado expuso en el seminario “Lo Político y lo Económico”.

En períodos de turbulencias hay que evitar dos errores: uno es magnificar las dificultades; el otro es subestimarlas, pues ambos pueden conducir a graves errores estratégicos.

Por tanto, voy a hacer un análisis frío.  Intentando tomar  incluso distancia de cualquier posición política.

En esta parte limitaré mi exposición a cinco puntos.

(  1  )

El país no vive una crisis integral (si entendemos por ello una que abarque todos los campos) como algunos pretenden señalar.  Es parcial en el sentido que está en algunos y en otros no.   Las evidencias de ello son múltiples.

La economía está funcionando relativamente bien si se atiende a la coyuntura regional y mundial.   A este asunto no me voy a referir pues ya lo hará con propiedad y abundancia de cifras, el Ministro de Hacienda.

Hay turbulencias pero no indicadores característicos de una crisis económica: (i) inflación desbocada; (ii) crisis cambiaria; (iii) desabastecimiento; (iv) recesión.

Las instituciones están funcionando bien.  Nos guste o no los fiscales están cumpliendo su papel; también el poder judicial.  El debate no ha salido fuera de las instituciones, o tomado un carácter polarizado o violento.  Es cierto que a ratos aparece marcado por un tono de crispación o exageración, pero no llega a ser destructivo del tejido social.

Parte muy significativa de la estructura del Estado funciona

–El Ministerio Público

–La Contraloría

–Los Tribunales

–Las FFAA, Carabineros y las Policías

–El Estado ante las emergencias

En general la crisis es grave pero no muestra una “guerra social” ni política.  El debate, aunque áspero es civilizado.  Es cierto que, a veces, toma en manos de unos pocos un tono de grandilocuencia moral que agrega nuevas injusticias a una situación de por sí injusta.   Por supuesto, como ministro lamento cierto desorden o enfrentamiento en las calles… pero en rigor no más que antes.

Esta crisis en términos generales no afecta a lo que es propiamente el aparato del Estado.  Ella no comprende principalmente elementos como:

–Fondos de empresas del Estado

–Fondos de reserva del Estado

–Contratos de Obras Públicas o de Sistemas de armas

–Abusos de cadenas obligatorias de radio y TV

–Abusos de bienes del Estado

La razón de ello es que durante 25 años todos los gobiernos han venido luchando para poner en cintura al Estado y hemos llegado a niveles muy elevados de regulación.  Cito iniciativas puestas en marcha a partir de 1993:

–Leyes de Probidad

–Ley de Transparencia de los Actos de la Administración

–Reducción de los gastos reservados desde 11% a menos de 0,5%

–Sanción del tráfico de influencias y uso indebido de información privilegiada

–Creación de “Chile Compra”

–Ley del Lobby

–La necesidad de regular y transparentar los conflictos de intereses

–La obligatoriedad de la declaración jurada de patrimonio

–La regulación estricta de donativos a autoridades

–Transparentar los sueldos y asesorías del sector público

–Aumento de los sueldos y término de los sobresueldos.

¿Funcionó todo esto?   En gran parte sí, como lo prueba el que en la actual crisis la administración del Estado casi no ha sido afectada.   Por cierto ha habido fallas.  Y, por cierto, la idea de un Estado con “corrupción cero” es un sueño poco probable.

(  2  )

Sin embargo el país está sacudido por una crisis que es grave, inocultable y que hay que tratar de precisar.

Es de partida, una crisis localizada (no integral).   No es una crisis económica y lo es escasamente institucional.

Voy a hacer una primera y básica afirmación.  Esta crisis es muy dolorosa porque es una crisis de las elites.   No de todas las elites; pero, para ser francos de las tres elites que figuran entre las más esenciales para el desarrollo armónico de un país: me refiero las elites eclesiales, políticas y empresariales.

Me voy a referir a los datos de la encuesta MORI, porque ella tiene series sobre el prestigio de las instituciones que van desde1996 a 2015[1].  Las personas que decían tener “mucha” y “bastante confianza” en estas elites bajaron en esos diez años de la siguiente manera:

–Obispos bajó de 58 a 18%          –40 puntos menos

La elite política tiene bajas que son menores, pero por la razón de que venían de muy abajo; en todo caso para ubicarse en cifras de un dígito:

–Senado de 27 a 9%                     –18 puntos menos

–Cámara de 26 a 10%                   –16 puntos menos

–Partidos de 14 a 7                               –7 puntos menos

La elite empresarial, a su vez experimenta bajas impresionantes:

–Bancos de 55 a 18                       –37 puntos menos

–Org. Empresariales de 45 a 12    –33 puntos menos

Dicho lo anterior es obvio que no me corresponde que me refiera a la crisis eclesial.

Hecha esa aclaración es evidente que estamos ante una crisis política.   Pero las crisis políticas son difíciles de leer especialmente cuando:

–Es una crisis que no sólo afecta al sector público sino también al privado.

–Cuando no es una crisis de suma cero entre gobierno y oposición, esto es una en que lo que pierde el gobierno lo gane la oposición, sino en la que ambos pierden.

–Tampoco es una de “buenos vs/ malos” pues hay en todos los sectores “buenos” y “malos”, “imprudentes” y “equivocados”.

Además esta crisis la motiva el rechazo transversal a lo que se estima signos de corrupción.

A precisar la naturaleza y alcance de esa crisis destinaré los tres puntos siguientes.

(  3  )

Esta crisis tiene dos grandes aluviones: uno es el financiamiento de la política.

El país se había negado a regular este asunto y lo dejó convertido en un mercado salvaje, sin normas efectivas que lo regularan.

Pero ¿por qué se produjo esto si las formas de reglarlo son conocidas y los peligros de no hacerlo, sobradamente conocidos?

Hoy estamos pagando no haber encarado de frente este asunto.  En cierto modo esto se hizo en el 2003, en que Chile conoció en casi 200 años la primera ley de financiamiento de la política. Pero esa resultó ser pobre y limitada.

–Prácticamente no establecía límites al gasto (mayor gasto = mayor corrupción)

–No aseguraba plena transparencia (mayor opacidad = mayor riesgo de corrupción)

–No aseguraba control del nivel del gasto ni un servicio que lo controlara.

¿Qué se puede esperar hacia adelante?

Primero: que ahora sí hay una gran oportunidad para aprobar una legislación de los más altos estándares (Podría asegurar sin temor a error que ni el mundo político y empresarial van a oponerse)

Segundo: aquí no puede ni va a haber “arreglín”.  No es posible ni legal ni moralmente.

Cita del Papa Francisco: “la corrupción impide mirar el futuro con esperanza”. Y como se trata de una tentación frente a la que nadie está inmune, su erradicación requiere “prudencia, vigilancia, lealtad, transparencia, unidas al coraje de la denuncia”.

(  4  )

El otro aluvión que alimenta la crisis es reiterados comportamientos de empresas  privada

Reducir el problema al financiamiento de la política sería un error.  ¿Qué tienen que ver con la política los contratos forward?  ¿Las evasiones tributarias de miles de millones de pesos?  ¿El pago a conyugues de millones de pesos mediante boletas ideológicamente falsas?  ¿La práctica que se traduce en la pregunta de factura o boleta?

El listado no es pequeño: “La Polar”; Johnson; colusiones de las farmacias, los productores de pollos, las navieras; algunas universidades privadas; el Caso Cascadas; Penta; especulaciones inmobiliarias; la sospecha de que se atropellan los derechos de los accionistas minoritarios o de los consumidores; etc.   Por supuesto no todos los empresarios están en esto, pero el número de casos es suficiente para tirar un manto de dudas sobre todo el sector (encuesta MORI).

En esta materia estamos pagando un ideologismo y es que en las empresas privadas era innecesaria una legislación sobre probidad y transparencia pues los gobiernos corporativos, la competencia, el mercado, bastaban para asegurarlas.  O, que aquí bastaba la autorregulación. Craso error.

Así como la crisis de confianza han creado en la política la oportunidad para una ley en serio de financiamiento de la política, esta crisis en el mundo empresarial ha creado condiciones para un acuerdo que establezca en el mundo empresarial estándares similares a los de los países más desarrollados.

(  5  )

¿Hay razones para el optimismo?

Sin duda.   Las grandes crisis suelen abrir, también, grandes oportunidades.

Si reaccionamos bien podremos avanzar hacia una sociedad más limpia y transparente, más lejana de la corrupción.

Si desperdiciamos esta oportunidad habremos cometido un gigantesco error.

¿Cómo  levantamos la vista?  ¿Cómo mirar lo que nos pasa con un horizonte más amplio?

No podemos seguir con la mirada rasante en el caso a caso, esperando cada día una nueva denuncia, un nuevo sospechoso, acusándonos unos a otros, deteriorando más y más la convivencia cívica, mientras se expresa cada vez con mayor fuerza,  la rebelión de los ciudadanos frente a las formas tradicionales del uso del poder .

Eso no quiere decir, que no se investigue todo lo que haya que investigar y que la institucionalidad  no hagan  su tarea. Por favor, no seamos simplistas. No es lo uno o lo otro. Pero no podemos seguir  caminando sólo por este pantano.

Estamos viviendo  un fenómeno que se repite con mucha similitud en otras naciones y latitudes.

En ninguna parte la respuesta es sencilla.

Por cierto, tenemos que ser capaces de impulsar con prontitud las reformas de probidad y transparencia. Pero ello no basta.

La vida de los ciudadanos ha cambiado mucho más rápido que nuestras instituciones políticas.

En nuestro caso, los niveles de educación son muy superiores a los de hace un par de décadas.

Las personas son más autónomas, tienen el acceso más amplio antes a la información, al margen de los medios tradicionales.

También nos está afectando el debilitamiento de los proyectos colectivos, reemplazados con tanta frecuencia por una suma de proyectos personales, la búsqueda de la riqueza a cualquier costo, el ejercicio del poder público en beneficio de intereses particulares. Nos falta un propósito común que nos convoque  con un sentido de unidad nacional, al  compromiso de  hacer las cosas de manera distinta. Quienes tienen responsabilidades en el mundo de la empresa, en la función pública, en las organizaciones gremiales y de trabajadores, en los medios de comunicación social tenemos que cambiar nuestras prácticas. Ejercer un liderazgo más dialogante, más austero, con menos palabras y más voluntad de ser efectivos.

Esta  es una crisis de crecimiento, tiene que ser la oportunidad para que en Chile podamos tener más confianza entre nosotros y en nosotros como país.

Levantar la mirada significa generar un acuerdo para establecer un marco común y una agenda con prioridades para mejorar nuestra democracia. Para ello será fundamental el diálogo sincero, orientado al bien común y acotado a las posibilidades reales de lograr avances. Eso no significa renunciar a las reformas comprometidas,  pero sí priorizar y acotar con realismo aquello que queremos lograr en los dos próximos años.

[1]Fuente: Barómetro de la Política, Marzo de 2015.  Market Opinion Research International (MORI).